Raúl López.- Si tuviese que decir la primera cosa que viniese a la mente sobre la nueva película de P. T. Anderson sería que es probablemente la película mejor rodada que he visto en muchos años, quizá desde Magnolia que es de… ¡anda! ¡El mismo señor! Y sí señores, la película está muy bien rodada, no me avergüenzo de decirlo. Soy de esa clase rara de espectadores que a día de hoy disfrutan mucho más de una película bien rodada que bien contada. Un movimiento de cámara efectivo, un extra que pasa en el momento justo, un desenfoque preciso, una doble lente bien usada, una subida de música que me pone los pelos de punta me llevan a un éxtasis espiritual que alcanzo con muy pocas cosas en este mundo (algunas no las puedo decir por si nos leen menores). ¿Por qué el cine solo se entiende en cuanto a guión? ¿Porqué valorar más una película por si tiene tres actos o no los tiene? Sinceramente para mí eso no es lo único y mucho menos lo más importante. Da igual que haya una parte confusa, da igual que el final te deje frío, da igual que no tragues a tal actor. Lo importante es la magia, lo importante es el oficio, lo importante es ver, no analizar.
Antes me indignaba con la gente que no aprecia estas cosas. Decía cosas como “a quién no le guste Shyamalan, o Magnolia no puede ser buena persona”. Ya no pienso así. Ahora siento una pena enorme. Una pena brutal. Un pena similar a la que siento por la gente con anorexia sexual, o que no se atreve a probar las gallinejas por que le dan asco. Si pudiera trasmitirles tan solo un diez por ciento de lo que yo siento viendo esas películas, les aseguro que me estarían agradecidos toda la vida. Pero no puedo trasmitir tal cosa. Ya lo he aceptado. Es la única sensación mala que me produce ver una película tan bien ejecutada como Pozos de Ambición, el hecho de saber que esa sensación no la puedo compartir con nadie. Por ello, quiero agradecer a Paul Thomas Anderson que él si sea capaz de hacerlo. Sea capaz de emocionarme, de excitarme, de elevarme, de hacerme decir con cariño en cada plano ¡Qué hijo de puta! Gracias Mr. Anderson por su cine, por su mano, por hacer las cosas tan maravillosas que hace. Gracias también a sus mentores Robert Altman y Martin Scorsese, y a todo aquel que haya hecho algo alguna vez con usted para que yo pueda sentarme en una sala de cine y ver magia. Me estoy hiperventilando, quizá debería tomarme un Rooibos como mi buen amigo (y mejor director) Juanjo Ramírez.
Pues bien, en ésta película además de magia puramente visual o técnica (o como deseen llamarla), podemos ver al que posiblemente sea uno de los más sorprendentes actores vivos (Daniel Day–Lewis). Lo que este buen hijo de Dios hace con su personaje es digno del mismísimo Jehová. Hay quién le compara con Marlon Brando por su brutalidad, extremismo, control corporal, sobriedad, presencia. Y por qué no. Cierto es que nos recuerda a el “simpático carnicero” de Gangs of New York… ¿y eso es malo?
No sé si ésta es una película para el gran público, no sé si ganará muchos premios, lo que sí sé es que no defraudará a quién gusta del cine “Bien rodado, pensado y trabajado”, y también sé que esta crítica es demasiado personal (yo, yo, yo…), lo siento, tenía que decirlo (P. T. Anderson es lector de esta web).
|